De por qué te estoy queriendo no me pidas la razón pues yo mismo no me entiendo con mi propio corazón al llegar la madrugada, mi canción desesperada te dará la explicación.
Te quiero vida mía, te quiero noche y día no he querido nunca así te quiero con ternura, con miedo, con locura sólo vivo para ti.
Yo te seré siempre fiel pues para mi quiero en flor ese clavel de tu piel y de tu amor.
Mi voz igual que un niño te pide con cariño ven a mi abrázame porque te quiero, te quiero, te quiero te quiero, te quiero, te quiero, y hasta el fin te querré.
Te quiero con ternura, con miedo, con locura sólo vivo para ti.
Yo te seré siempre fiel pues para mi quiero en flor ese clavel de tu piel y de tu amor.
Mi voz igual que un niño te pide con cariño ven a mi abrázame, porque te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y hasta el fin te querré.
«Y me bendijo a mi mare; y me bendijo a mi mare. Diez céntimos le di a un pobre y me bendijo a mi mare. ¡Ay! qué limosna tan chiquita, qué recompensa tan grande. ¡Qué limosna tan chiquita, y qué recompensa tan grande!»
¿A dónde vas tan deprisa sin decirme ni ¡con Dios!? Me puedes mirar de frente, que estoy enteraó de todo. Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo, que te casasté hace un mes y me quedé tan tranquilo. Otro cualquiera en mi caso, se hubiera echado a llorar. yo cruzándome de brazos dije que me daba igual. Y nada de pegarme un tiro ni liarme a maldiciones ni apedrear con suspiros los vidrios de tus balcones. ¿Que te has casado? ¡Buena suerte! Vive cien años contenta y a la hora de la muerte, Dios no te lo tenga en cuenta. Que si al pie de los altares mi nombre se te borró, por la gloria de mi madre que no te guardo rencor. Porque sin ser tu marido, ni tu novio, ni tu amante, yo fui quien más te ha querido, y con eso, tengo bastante.
* * *
—¿Qué tiene el niño, Malena? Que anda como trastornao, tiene la carilla de pena y el colorcillo quebrao. Y ya no juega a la tropa, ni tira piedras al río, ni se destroza la ropa subiéndose a coger niós. ¿No te parece a ti extraño, no ves una cosa rara que un chaval de doce años lleve tan triste la cara? Mira que soy perro viejo y estás demasiado tranquila. ¿Quieres que te dé un consejo? Vigila, mujer, ¡vigila!
Y fueron dos centinelas los ojitos de mi mare. —Cuando sale de la escuela se va pa los olivares. —Y ¿qué buscas allí? —Una niña, tendrá el mismo tiempo que él. José Miguel, no le riñas, que está empezando a querer. Mi pare encendió un pitillo, se enteró bien de tu nombre, te regaló unos zarzillos y a mí un pantalón de hombre.
Yo no te dije «te adoro» pero amarré en tu barcón mi laso de seda y oro de primera comunión. Y tú, fina y orgullosa, me ofrecisté en recompensa dos cintas color de rosa que engalanaban tus trenzas. —Voy a misa con mis primos. —Bueno, te veré en la hermita. Y qué serios nos pusimos al darte el agua bendita. Más luego en el campanario, cuando rompimos a hablar: —Dice mi tita Rosario que la cigüeña es sagrá, y el colorín, y la fuente, y las flores, y el rocío, y aquel torito valiente que está bebiendo en el río; y el bronce de esta campana, y el romero de los montes, y aquella línea lejana que la llaman... ¡horizonte! ¡Tó es sagrao: tierra y cielo porque así lo quiso Dios! ¿Qué, te gusta más, tu pelo? ¡Qué bonito me salió! —Pues y tu boca, y tus brazos, y tus manos redonditas, y tus pies fingiendo el paso de las palomas zuritas? Con la pureza de un copo de nieve te comparé; te revestí de piropos de la cabeza a los pies. y a la vuelta te hice un ramo de pitiminí, precioso y luego nos retratamos en las agüitas de un pozo. Y hablando de estas pamplinas que inventan las criaturas, llegamos hasta tu esquina cogiós por la cintura. Yo te pregunté: —¿En qué piensas? Tú dijiste: —En darte un beso-. Y yo sentí una vergüenza, que me caló hasta los huesos. De noche, muertos de luna, nos vimos por la ventana. —¡Chssss! Mi hermaniyo está en la cuna, le estoy cantando una nana.
«Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco».
Y mientras tú cantabas yo, inocente pensé que nos casaba la luna como a marío y mujer.
¡Pamplinas! ¡Figuraciones qué se inventan los chavales! Después la vida se impone: tanto tienes, tanto vales; por eso, yo al enterarme que llevas un mes casá, no dije que iba a matarme, sino que me daba igual. Más como es rico tu dueño, te vendo esta profecía: tú, por la noche, entre sueños soñarás que me querías, y recordarás la tarde que mi boca te besó y te llamarás «¡cobarde!» como te llamo yo. Y verás, sueña que sueña, que me morí siendo chico y se llevó la cigüeña mi corazón en su pico. Pensarás: «no es cierto ná, yo sé que estoy soñando»; pero allá en la madrugada te despertarás llorando, por él que no es tu marío, ni tu novio, ni tu amante, sino él que más te ha querido. y con eso, tengo bastante. Por lo demás, tó se orvía. Verás cómo Dios te manda un hijo como una estrella; avísame de seguía, me servirá de alegría cantarle la nana aquella:
«Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere, ni yo tampoco».
Pensarás: «no es cierto ná, yo sé que lo estoy soñando». Pero allá en la madrugá te despertarás llorando.
Porque sin ser tu marío, ni tu novio, ni tu amante, yo soy... quien más te ha querio... ¡Y con eso, tengo bastante!